La legendaria historia de la joya que hace 50 años recibió Liz Taylor por su cumpleaños

Hoy se cumplen 50 años desde que Richard Burton, el actor siete veces nominado al oscar por películas como ‘El espía que surgió del frío’, ‘¿Quién teme a Virginia Woolf?’ o ‘La túnica sagrada‘ le hizo a su amada uno de los regalos de cumpleaños más famosos y especiales de la historia.

Ella no era otra que la incomparable Elizabeth Taylor, nacida en Londres tal día como hoy de 1932, a la que conocía desde el rodaje de ‘Cleopatra‘ (por supuesto él hacía de Marco Antonio), ganadora de 2 Globos de Oro y 2 Oscars (uno de ellos precisamente por ‘¿Quién teme a Virginia Woolf?‘, una de las varias películas en las que ambos coincidieron).

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Burton y Taylor en el set de Cleopatra

Burton se casó 5 veces con 4 mujeres distintas, Liz se casó 8 veces con 7 hombres distintos… y es que ambos se casaron entre ellos no una si no dos veces, primero en 1964 para divorciarse en 1974 y de nuevo en 1975 para darse cuenta en menos de un año de que sí, estaban mejor separados… Pero durante esos 10 + 1 años que fueron marido y mujer, se convirtieron en la pareja más famosa de Hollywood, y la prensa se hacía eco constantemente de sus discusiones y escandalosas declaraciones. Ella siempre dijo que fue el gran amor de su vida.

Y Richard se lo trabajó bien para, al menos, intentarlo, y es que sabiendo de la conocida afición de Liz por las fastuosas joyas (pocas mujeres en el mundo ha habido con mayor colección de joyas que ella) le regaló auténticas maravillas como el diamante amarillo Krupp o la Perla Peregrina, una de las gemas más valiosas y legendarias de la Historia que perteneció a varios reyes… ¿pero cómo llegó a sus manos?

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La perla fue hallada en la isla Santa Margarita (Panamá) en 1515 por un esclavo africano (que por cierto ganó su libertad gracias al descubrimiento) y el alguacil mayor de Panamá (que pertenecía a España en ese momento) la llevó décadas después a Sevilla para ofrecérsela al Rey Felipe II. La gema pesaba 58,5 quilates y tenía una forma tan inusual que la llamaron ‘peregrina’ (que significaba rara o especial, por su forma de lágrima y su gran tamaño).

Retrato ecuestre de Felipe III en el que luce «La Peregrina»
Felipe III luciendo la peregrina en su sombrero

A partir de entonces, la perla peregrina formó parte de las joyas de la corona de España y fue lucida por todas las reinas, como así aparece en muchos cuadros, por ejemplo de Velázquez, hasta que en 1808 el rey invasor de España puesto por su hermano Napoleón, José Bonaparte (Pepe Botella como le conocían en España por su fama de bebedor), se quedó con todas las joyas de los ya exiliados reyes y se fue a Estados Unidos con su amante y la perla. Luego volvió (por supuesto sin abandonar nunca la perla) y esta quedó en herencia para Napoleón III, que por problemas económicos la vendió en 1848 al Marqués de Abercorn, que se la llevó a Irlanda.

Margarita de Austria con la perla

Casi un siglo después, tras pasar por manos de dos coleccionistas más, justo hace 50 años la perla acabó en Nueva York donde se subastó. La casa real española intentó frustrar la subasta diciendo que esa no era la perla real, que la real la tenían ellos, pero mandaron a Alfonso de Borbón (primo del abuelo del actual Rey Felipe VI) para intentar comprarla. Todos los pujantes se detuvieron en los 15.000 dólares. Alfonso ofreció 20.000. Pero Richard Burton, ofreció 37.000.

Y así, tras haber estado colgada en el cuello de reinas y aristócratas, acabó en el ya algo pesado cuello de la diva de Hollywood… y en la boca de su caniche, porque como ella misma afirmó en sus memorias (llamadas ‘Mi historia de amor con las joyas‘) , la perla tenía gran facilidad para caerse del engarce, y ninguna de sus anteriores dueñas se había atrevido a taladrarla por miedo a romperla. Tampoco lo hizo ella, y un día en el Caesar’s Palace de Las Vegas, cayó a una alfombra y su perrito fue más rápido que ella… Liz la recuperó con cuidado de su boca y la volvió a poner en el collar de rubíes y diamantes que la joyería Cartier de París le fabricó para lucir la peregrina.

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Aunque la Casa Real Española siguió durante años diciendo que la peregrina real era la que tenían ellos y seguían luciendo las reinas, los especialistas demostraron que no era así, y en 2011, tras la muerte de la actriz, volvió tras siglos a Madrid para ser exhibida temporalmente y viajó por todo el mundo en una exposición cuya recaudación fue para la Fundación de lucha contra el SIDA que creó Taylor ante la epidemia que se había llevado a amigos suyos como Rock Hudson y Freddie Mercury.

Después de eso, la casa Christie’s la volvió a subastar esperando llevarse dos o tres millones de dólares… y la vendió por 11,8 millones. Sin duda, una historia legendaria de una joya que fue más peregrina por viajera que por rara.

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